miércoles, 19 de marzo de 2014

Via crucis

VIA CRUCIS

Realizado  por la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte en la madrugada del sábado santo de 2012


PRIMERA ESTACIÓN
Jesús es condenado a muerte
V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 Lectura del Evangelio según san Juan 18, 38b-40
Y dicho esto, [Pilato] salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo: «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?». Volvieron a gritar: «A ese no, a Barrabás». El tal Barrabás era un bandido.
No tengo palabras que decirte... Serían inútiles y me asusta lastimarte de nuevo. Voy a conde­narme yo mismo contigo, pues sólo quien acepta la sentencia que Tú sufriste obtendrá la gracia de seguir tus huellas, de morir a sí mismo y contigo, de resu­citar en Ti.
Fuiste condenado a muerte para que aprendiéra­mos a aceptar nuestro destino. Enséñanos a seguir­te, a no apartarnos un momento de tu senda, a morir poco a poco a tu lado.

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


SEGUNDA ESTACIÓN
Jesús con la cruz a cuestas
V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según san Juan 19, 16-17
Entonces [Pilato] se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera».
Sea mi cruz la que Tú me escogiste. Quiero reci­birla de tus manos, que me darán también fuer­za para sostenerla, júbilo para ocultarla y amor pa­ra sonreír bajo su peso, como si llevase en mis hom­bros un rosal perfumado.
No temo el dolor, porque Tú vas delante de mi. Tus pies liman las asperezas del camino y señalan el atajo por donde Tú pasaste, la ruta inefable que te condujo a la gloria del Padre y que dejaste abierta pa­ra todos. ¡Sea nuestra cruz, Señor, la que Tú has dis­puesto!

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez
V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según san Mateo 11, 28-30
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Qué piedra te detiene? ¿Qué obstáculo te hace tropezar a Ti, decidido a apurar el cáliz hasta la ultima hez? Caíste abrumado por un
peso más grande que el de esa cruz, un peso agobiante, im­placable. Toda la Humanidad sobre tus hombros frágiles, consumiéndolos, despojándolos de su energía.
Y hay un momento en que la tierra áspera es un alivio para tus sienes que laten descompasadas; un momento en que el polvo, más compasivo que los hombres, restaña tu sudor y tu sangre.
Aquel suelo agrietado debió de esponjarse dul­cemente al recibirte, soñando ser, para Ti, una mu­llida y fragante pradera.

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


CUARTA ESTACIÓN
Jesús encuentra a su Madre
 V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Lectura del Evangelio según san Juan 19, 25
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.
Tu llanto silencioso cae lentamente, apretada­mente —grueso rocío nocturno, sin revolar de pájaros ni temblor de frondas—, lágrima desespera­da porque sabe que se romperá sin remedio sobre unas rocas áridas, y que no va a florecer...
No puedes acunar tu dolor con sueños, ni con ilusiones. Conoces el fin hasta su terror último y vas a él, te ofreces a él, vulnerable, desnuda, echando el apoyo pueril del clamor, del grito, de la compasión ajena. Y entre lágrima y lágrima tienes los ojos secos, ardientes, encendidos por una llama que te obliga a mirar, a desgarrarte y sufrir.
Hay quien habla de tus siete dolores. ¿Qué sa­ben ellos? Eres todo el dolor, la suprema amargu­ra, eres el Amor que sabe compartir, compadecer y

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


QUINTA ESTACIÓN
El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz
V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según san Lucas 23, 26
Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.
¿Hay acaso alguna cruz que pueda llevarse a medias? El leño que no pesa, el que no in­crusta sus aristas profundamente en los hombros, el que no lastima el cuerpo y el alma hasta en las vetas más hondas, no merece el nombre de cruz. Por eso yo sé muy bien que si aceptaste aquel ade­mán no fue por Ti, fue sólo por nosotros. Para ayudarnos dándonos el júbilo inmenso de querer ayudarte...
Y si nos tiendes la cruz no es porque no puedas con ella; es, al contrario, porque sólo seremos ca­paces de sostenerla si nos viene de tus manos, si la re­cibimos como una prenda inefable de tu amor y del nuestro... Trueque de cruces. Nupcias tuyas, nues­tras, con el dolor.

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


SEXTA ESTACIÓN
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
 V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4, 6
Pues el Dios que dijo: «Brille la luz del seno de las tinieblas» ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo.
Quisiera mirarte en silencio y hora tras hora, in­cansablemente, absorbiendo en mí la luz y la re dad de tu rostro. Mirarte sin que nada interrumpa mi contemplación, ni una idea, ni un sentimiento...
Sin que ninguna imagen que no seas Tú ocupe el paisaje de mi mente.
Enjugarte el dolor sin un solo gesto, con el ansia de mi corazón enamorado, con la pureza de mi deseo que no se atreve a buscar su expresión para que ni si­quiera un hálito lo empañe...
Grabarte en mí como un espejo para que todo lo que no seas Tú resbale sobre tu imagen y se desva­nezca. Para que solo Tú quedes victorioso en mí.

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez
 V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 24
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados.
Caíste de nuevo como un tronco al que no pudo abatir el leñador de un pnmer golpe. Te veo en tierra y me invade, junto a una piedad infinita, una confianza inefable que hace reposar de dulzura mi corazón.
Al contemplarte siento que, aunque yo caiga otra vez, mil veces, Tú estarás a mi lado y que, con tu auxilio, podré levantarme siempre, alzar los ojos a Ti y, al encontrar los tuyos, bañarme en sus pupilas, dejar en ellas el polvo del camino, recobrar la anti­gua pureza, renacer amparada por tu misericordia, por tu paciencia, acogerme a esa mansedumbre que nos rinde a tus plantas y nos entrega a Ti sin remedio.

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


OCTAVA ESTACIÓN
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén que lloran por él
 V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Lectura del Evangelio según san Lucas 23, 27 – 28
Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos».
Que el otoño no siegue nuestras hojas, Señor! Queremos ser, como Tú, leña verde, fragante, derramando savia. Que el hacha del sufrimiento, al desgajarnos, se impregne de aromas. Danos a rau­dales la vida de tu gracia, para que no escuchemos ja­más de tus labios la maldición de la higuera.
¿Y qué fruto puede brotar de nuestras ramas sin tu ayuda y apoyo? Haz que lloremos por Ti hacia adentro, sin lágrimas, con un dolor verdadero que trascienda a todos nuestros actos y nos redima de llorar más tarde sobre la propia muerte.

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


NOVENA ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez
 V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según san Lucas 22, 28-30a.
«Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí, de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino».
Sólo te faltan unos pasos, muy pocos... Pero, ¿quién no desfallece al último momento, cuando todo en nuestro mundo parece inmovilizarse, con­centrándose en torno del sacrificio? Ya no hay ma­nera de volver atrás, de poseer nuevamente aquello a lo que se ha renunciado.
El universo entero retrocede, nos abandona. Es­tamos solos a orillas de algo implacable, descono­cido, cruel; y antes de ofrecernos, de dejarnos de­vorar voluntariamente, lanzamos un postrer clamor.
Pero Tú no gritas, no protestas. La ofrenda viva de tu cuerpo se ha consumado ya, y permaneces en tierra, vacío de Ti mismo, dispuesto a no ser para que nosotros seamos, a abrirnos la senda de la re­cuperación y el amor.

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


DÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras
 V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según san Juan 19, 23
Los soldados... cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo.
Algo ampara tu desnudez de la violencia... Te yergues sobre todos como un rayo de luz, como un haz intacto de secretos resplando­res. Tu pureza irradia su blancura entre la su­ciedad, la traición, las mezquindades. Te alzas como una antorcha alumbrando la senda para los que quieren aún seguirte. Y entre tantos ros­tros que deforman la ira, el odio o la codicia, eres, indefenso, salpicado de injurias, el único signo de paz. ¡Blancura de tu frente ensangren­tada, de tu cuerpo herido! Límpianos, Señor. con tu mirada, purifica hasta el último rincón de nuestras mentes, grábate en ellas, desnudo, si­lencioso, intocado...

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es clavado en la cruz
 V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según san Juan 19, 18-22
Lo crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos».
¡Clávanos en la cruz de tu voluntad! Un clavo pa­ra cada sentido, cada pasión, cada deseo... ¡ Si supiéramos tendernos inmóviles sobre ese lecho donde Tú te tendiste, abriendo los brazos en un ade­mán de amor absoluto...!
Pero siempre frustramos tu generosidad con nues­tra obligación o nuestras inquietudes. Queremos amarte a nuestro modo, sufrir a nuestro gusto, como si el dolor y la propia satisfacción fueran compati­bles... Como si Tú hubieras elegido... Ofreciste al verdugo tus pies, tus manos, todo tu cuerpo y, pri­mero que nada, tu Coraron...
¿Pues qué valen todos los martirios si el co­razón se escuda y esquiva? Que el primer mar­tillazo nos caiga en mitad del pecho derribán­donos sin piedad, totalmente. Rendirse a tu mer­ced es rendirte, hacernos tuyos, para que seas nuestro.

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz
V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según san Mateo 27, 45-46
Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:«Elí, Elí, lemá sabaktaní» (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
Muerte victoriosa la tuya. Pero el triunfo de­rramado en tus venas se ocultaba celosa­mente, y para los que te vieron eras sólo un des­pojo humano, unos restos inútiles... Dios sin vida para hacemos vivir. Dejaste de alentar para infun­dirnos aliento.
Te sometiste al abandono, a la traición, al de­samparo, para que cifremos nuestra dicha en sen­tirnos abandonados, traicionados, desvalidos. Y nuestra desconfianza es tan grande que todavía nos obstinamos en temer, estremeciéndonos ante la po­sibilidad de morir.
No olvidemos que, en tu muerte, nos abriste las puertas de Ti mismo y la mansión de tu amor.

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre
 V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según san Juan 19, 38
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo.
Era tu carne, tu sangre deshecha, martirizada; tu vida y la de Dios; tu gloria y la del cielo. Y de to­do solamente quedaba en tus brazos un cadáver mal­trecho, una frialdad incontenible que te iba inva­diendo inexorablemente.
Y en ese momento concedido a las tinieblas em­pezabas a ser nuestra Madre, a cobijamos en el regazo de tu dolor. Y por eso tus lágrimas no acabarían de caer nunca. Se te cuajaron al presentir que te necesi­tábamos, que no dejarías nunca de ser Madre, que tu maternidad prodigiosa se ensanchaba, floreciéndote nuevamente los senos, ¡oh redentora de los redimidos!

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.


DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús es colocado en el sepulcro
 V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/.Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según san Juan 19, 41-42
Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
Y nos llamas ahora desde esa piedra que te ciñe, aislándote por un breve plazo de todo. Porque para resucitar contigo hay que sepultarse primero, en­terrar hondo los gritos de la carne, seguirte en tu pa­sión y hasta tu muerte.
Y saber que estás ahí aunque no te sienta, aunque nos falte tu sombra, tu contigüidad, tu recuerdo. Danos la fe que resiste a todas las tentaciones, que no se quebranta aunque el mundo entero se alce contra ella, esa fe que surca los mares y traspasa los mon­tes, porque sabe muy bien que, al marcharte, per­maneciste entre nosotros...


Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

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