sábado, 14 de febrero de 2009

VIA CRUCIS

Este Via Crucis es el habitual que hacemos en nuestra Estación de Penitencia, aunque según las circunstancias podemos variarlo entre otros muchos.
Aquel que conozca Fernán Núñez, podrá reconocer en el, alusiones directas a lugares, monumentos y a todas las imágenes de dolorosas de esta localidad.
I. Jesús es condenado a muerte
Silencio. Señor.
Un año más estoy a tu lado para acompañarte en tu estación de penitencia.
Estoy solo, con mi túnica nazarena junto a ti, Cristo de la Buena Muerte y no tengo palabras que decirte... Serían inútiles y me asusta lastimarte de nuevo. Voy a conde-narme yo mismo contigo, pues sólo quien acepta la sentencia que Tú sufriste obtendrá la gracia de seguir tus huellas, de morir a sí mismo y contigo, de resu-citar en ti.
Fuiste condenado a muerte para que aprendiéra-mos a aceptar nuestro destino. Enséñanos esta noche a seguir-te, a no apartarnos un momento de tu senda, a morir poco a poco a tu lado.

II. Jesús es cargado con la cruz
Sea mi cruz la que tú me escogiste y mi hombro de costalero el que lleve tu paso. Quiero reci-birla de tus manos, que me darán también fuer-za para sostenerla, júbilo para ocultarla y amor pa-ra sonreír bajo su peso, como si llevase en mis hom-bros un rosal perfumado.
No temo el dolor, porque tú vas sobre mi. Tus pies liman las asperezas del camino y señalan el atajo por donde tú pasaste, la ruta inefable que te condujo a la gloria del Padre y que dejaste abierta pa-ra todos. ¡Sea nuestra cruz, Señor, la que tú has dis-puesto!

III. Jesús cae bajo el peso de la cruz
¿Qué piedra te detiene? ¿Qué obstáculo te hace tropezar a ti, decidido a apurar el cáliz hasta el ultimo poso? Caíste abrumado por un peso más grande que el de esa cruz, un peso agobiante, im-placable. Toda la Humanidad sobre tus hombros frágiles y heridos, consumiéndolos, despojándolos de su energía.
Y hay un momento en que la tierra áspera es un alivio para tus sienes que laten descompasadas; un momento en que el polvo, más compasivo que los hombres, restaña tu sudor, tus lágrimas y tu sangre.
Sea esta calle Nueva aquel suelo agrietado que debió de esponjarse dul-cemente al recibirte, soñando ser, para ti, una mu-llida y fragante pradera.

IV. Jesús encuentra a su Madre
Junto a la Veracruz, tu llanto silencioso cae lentamente, apretada-mente —grueso rocío nocturno, sin revolar de pájaros ni temblor de frondas—, lágrima desespera-da porque sabe que se romperá sin remedio sobre unas rocas áridas, y que no va a florecer...
No puedes acunar tu dolor con sueños, ni con ilusiones. Conoces el fin hasta su terror último y vas a él, te ofreces a él, vulnerable, desnuda, echando el apoyo pueril del clamor, del grito, de la compasión ajena. Y entre lágrima y lágrima tienes los ojos secos, ardientes, encendidos por una llama que te obliga a mirar, a desgarrarte y sufrir.
Hay quien habla de tus siete dolores. ¿Qué sa-ben ellos? Eres todo el dolor, la suprema amargu-ra, eres el Amor que sabe compartir, compadecer y

V. El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz
Ya pasamos el cerro y el peso empieza a sentirse. ¿Hay acaso alguna cruz que pueda llevarse a medias? El leño que no pesa, el que no in-crusta sus aristas profundamente en los hombros, el que no lastima el cuerpo y el alma hasta en las vetas más hondas, no merece el nombre de cruz. Por eso yo sé muy bien que si aceptaste aquel ade-mán no fue por ti, fue sólo por nosotros. Para ayudarnos dándonos el júbilo inmenso de querer ayudarte...
Y si nos tiendes la cruz no es porque no puedas con ella; es, al contrario, porque sólo seremos ca-paces nosotros, tus costaleros, de sostenerla si nos viene de tus manos, si la re-cibimos como una prenda inefable de tu amor y del nuestro... Trueque de cruces. nupcias tuyas, nues-tras, con el dolor.

VI. La Verónica enjuga el rostro de Jesús
Quisiera mirarte en silencio y hora tras hora, in-cansablemente, absorbiendo en mí la luz y la realidad de tu rostro. Mirarte sin que nada interrumpa mi contemplación, ni una idea, ni un sentimiento...
Sin que ninguna imagen que no seas tú ocupe esta noche el paisaje de mi mente.
Enjugarte el dolor sin un solo gesto, con el ansia de mi corazón enamorado, con la pureza de mi deseo que no se atreve a buscar su expresión para que ni si-quiera un hálito lo empañe...
Grabarte en mí como un espejo para que todo lo que no seas tú resbale sobre tu imagen y se desva-nezca. Para que solo tú quedes victorioso en mí.

VII. Segunda caída
Caíste de nuevo como un tronco al que no pudo abatir el leñador de un primer golpe. Te veo en tierra y me invade, junto a una piedad infinita, una confianza inefable que hace reposar de dulzura mi corazón.
Mientras camino tras de ti, con mi cirio iluminando tu más negra noche, y al contemplarte siento que, aunque yo caiga otra vez, mil veces, tú estarás a mi lado y que, con tu auxilio, podré levantarme siempre, alzar los ojos a ti y, al encontrar los tuyos, bañarme en sus pupilas, dejar en ellas el polvo del camino, recobrar la anti-gua pureza, renacer amparada por tu misericordia, por tu paciencia, acogerme a esa mansedumbre que nos rinde a tus plantas y nos entrega a ti sin remedio.

VIII. Jesús consuela a las mujeres
Que el otoño no siegue nuestras hojas, Señor! Queremos ser, como tú, leña verde, fragante, derramando savia. Que el hacha del sufrimiento, al desgajarnos, se impregne de aromas. Dános a rau-dales la vida de tu gracia, para que no escuchemos ja-más de tus labios la maldición de la higuera.
¿Y qué fruto puede brotar de nuestras ramas sin tu ayuda y apoyo? Haz que lloremos por ti hacia adentro, con nuestras velas en la mano y sin lágrimas, con un dolor verdadero que trascienda a todos nuestros actos y nos redima de llorar más tarde sobre la propia muerte.

IX. Tercera caída
La cruz se clava en mi hombro. Las cadenas cada vez me cuesta más arrastrarlas. La almohadilla apenas amortigua tu peso. Sólo te faltan unos pasos, muy pocos... Pero, ¿quién no desfallece al último momento, cuando todo en nuestro mundo parece inmovilizarse, con-centrándose en torno del sacrificio? Ya no hay ma-nera de volver atrás, de poseer nuevamente aquello a lo que se ha renunciado.
El universo entero retrocede, nos abandona. Es-tamos solos a orillas de algo implacable, descono-cido, cruel; y antes de ofrecernos, de dejarnos de-vorar voluntariamente, lanzamos un postrer clamor.
Pero tú no gritas, no protestas. La ofrenda viva de tu cuerpo se ha consumado ya, y permaneces en tierra, vacío de ti mismo, dispuesto a no ser para que nosotros seamos, a abrirnos la senda de la re-cuperación y el amor.

X. Jesús es despojado de sus vestiduras
Mientras te miro desde la calle, desde mi ventana o entrevisto tras mi antifaz nazareno, algo ampara tu desnudez de la violencia...
Te yergues sobre todos como un rayo de luz, como un haz intacto de secretos resplando-res. Tu pureza irradia su blancura entre la su-ciedad, la traición, las mezquindades. Te alzas como una antorcha alumbrando la senda para los que quieren aún seguirte. Y entre tantos ros-tros que deforman la ira, el odio o la codicia, eres, indefenso, salpicado de injurias, el único signo de paz. ¡Blancura de tu frente ensangren-tada, de tu cuerpo herido! Límpianos, Señor, con tu mirada, purifica hasta el último rincón de nuestras mentes, grábate en ellas, desnudo, si-lencioso, intocado...

XI. Jesús es clavado en la cruz
¡Clávanos en la cruz de tu voluntad! Un clavo pa-ra cada sentido, cada pasión, cada deseo... ¡Si supiéramos tendernos inmóviles sobre ese lecho donde tú te tendiste, abriendo los brazos en un ade-mán de amor absoluto...!
Pero siempre frustramos tu generosidad con nues-tra obligación o nuestras inquietudes. Queremos amarte a nuestro modo, sufrir a nuestro gusto, como si el dolor y la propia satisfacción fueran compati-bles... Como si tú hubieras elegido... Ofreciste al verdugo tus pies, tus manos, todo tu cuerpo y, pri-mero que nada, tu corazón...
¿Pues qué valen todos los martirios si el co-razón se escuda y esquiva? Que el primer mar-tillazo nos caiga en mitad del pecho derribán-donos sin piedad, totalmente. Rendirse a tu mer-ced es rendirte, hacernos tuyos, para que seas nuestro.

XII. Jesús muere en la cruz
Junto a Nuestra patrona Santa Marina que muerte más victoriosa la tuya. Pero el triunfo de-rramado en tus venas se ocultaba celosa-mente, y para los que te vieron eras sólo un des-pojo humano, unos restos inútiles... Dios sin vida para hacemos vivir. Dejaste de alentar para infun-dirnos aliento.
Te sometiste al abandono, a la traición, al de-samparo, para que cifremos nuestra dicha en sen-tirnos abandonados, traicionados, desvalidos. Y nuestra desconfianza es tan grande que todavía nos obstinamos en temer, estremeciéndonos ante la po-sibilidad de morir.
No olvidemos que, en tu muerte, tu Buena Muerte, nos abriste las puertas de ti mismo y la mansión de tu amor.

XIII. María con Jesús muerto en los brazos
Era tu carne, tu sangre deshecha, martirizada; tu vida y la de Dios; tu gloria y la del cielo. Y de to-do solamente quedaba en tus brazos un cadáver mal-trecho, una frialdad incontenible que te iba inva-diendo inexorablemente.
Y en ese momento concedido a las tinieblas em-pezabas a ser nuestra Madre, a cobijarnos en el regazo de tu dolor, en tu soledad, en tu angustia, en esa paz y esperanza, en tu tránsito y todo un rosario de nombres. Y por eso tus lágrimas no acabarían de caer nunca. Se te cuajaron en la cara al presentir que te necesi-tábamos, que no dejarías nunca de ser Madre, que tu maternidad prodigiosa se ensanchaba, floreciéndote nuevamente los senos, ¡oh redentora de los redimidos!

XIV. Jesús es sepultado
¿Junto al templo acaba nuestra penitencia?.
Nos llamas ahora desde esa piedra que te ciñe, aislándote por un breve plazo de todo. Porque para resucitar contigo hay que sepultarse primero, en-terrar hondo los gritos de la carne, seguirte en tu pa-sión y hasta tu muerte.
Pronto volveré a casa con todos, nazarenos, costaleros y los que esta noche te hemos acompañado por nuestro pueblo, tu pueblo.
Y saber que estás ahí aunque no te sienta, aunque nos falte tu sombra, tu contigüidad, tu recuerdo. Danos un año más la fe que resiste a todas las tentaciones, que no se quebranta aunque el mundo entero se alce contra ella, esa fe que surca los mares y traspasa los mon-tes, porque sabe muy bien que, al marcharte, per-maneciste entre nosotros...

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